CERRO DEL CARMEN

Crecí en una época en que las madres permitían que niñas entre los seis y nueve años formaran pandillas y deambularan solas en el parque cercano, durante las vacaciones. 

Así que a las nueve de la mañana ya estábamos listas para recorrer de ida y vuelta todo el Cerro del Carmen, junto a otros vecinitos de nuestra edad, construyendo un sinfín de fantasías. Por ejemplo, un amate era la casa del árbol y allí trasladábamos todos los trastes de juguete, entre sus raíces nos sentábamos y nos sentíamos protegidas como entre cuatro paredes. 

Otras veces, el reto consistía en escalar las partes rocosas alrededor de la iglesia, había que trepar con uñas y dientes y quien llegaba primero ayudaba a subir a los demás. 

En otras ocasiones, buscábamos parejas de enamorados y a una distancia prudencial, nos escondíamos entre los matorrales. Desde allí les tirábamos pequeñas piedras y palitos para arruinarles el romance.

Cuando hicieron el tanque de agua, imprudentemente, nos metíamos en los agujeros aledaños y salíamos llenos de tierra y telarañas. 

Una de las mejores distracciones era resbalarnos en las laderas del Cerro con cartones o cortezas de corozo. En una de esas resbaladas pesqué una enfermedad de la piel. Me rascaba con saña. Para curarme, además de cremas, me bañaban en agua caliente con eucalipto. Era un gusto tomar aquellos baños aromáticos. Cuando desapareció la rasquiña continué resbalándome en el monte. 

El mejor recuerdo data de una tarde en la que cayó el sol y salió una luna llena hermosa que iluminaba todo el manto verde del Cerro. Como pandilla que éramos, empezamos a aullar y danzar bajo aquel plenilunio, retrasando la hora de volver a nuestros hogares.  Éramos salvajes, éramos libres y la luna nos volvía una tribu aún más unida y primitiva. 

¿Qué era ser niño o niña entonces? Era ser libre e inventar mundos que se adaptaban al marco natural de un Cerro del Carmen acogedor, pero lleno de misterios y vericuetos para deleite de las almas infantiles. Era vivir las fantasías sin acechanza de peligro alguno, con la convicción de que el mundo podía ser un lugar seguro y feliz. 

Relato de Crónicas lunares, incluido en el libro Tres palabras, próximo a publicarse.

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