Hice lo que tenía que hacer. Cuando la tragedia me escupió de frente, no desvié la mirada, ni retrocedí en paso latente, la vi como lo que era: otro momento fugaz de una historia minúscula que no valdría nada al cabo de los siglos y de los universos.
Hice lo que tenía que hacer. Cuando el llanto infantil se me deshacía entre las manos y ninguna explicación alcanzaba el tamaño de su tristeza. No me desmoroné en pedazos de emoción culpable, resistí para ser su roca y confié en que llegaría a ser su continente.
Hice lo que tenía que hacer. Cuando no podía ceder a la decisión irresponsable que cumple con tradiciones ociosas que no llevan a ninguna buena parte. Tomé la decisión para cargar con ella durante cada segundo de mi vida y decir: soy arquitecta de este destino y es realmente mío.
Hice lo que tenía que hacer. Con fuerza me negué a ser víctima y a ser humillada. La última de la fila, mantiene ante sí la dignidad, lucha y no se da por vencida, traga las quejas y amargura y defiende su derecho a guerrear.
Cuando se hace lo que se tiene que hacer, no hay aplausos de fondo, ni luces que guíen, solamente una convicción interna y solitaria que quema en su incólume claridad, que grita el dictado de lo que es necesario más allá de cualquier debilidad.
Dedicado a Oscar Godoy e Ingrid Fuentes.





